Un vacío ante la tristeza

Autas tiñosas en Playa Buyé

Hace unas semanas regresaba a Punta Guaniquilla para recoger el impacto de la sequía en la laguna. Mientras caminaba por el suelo quebrado y acomodaba el trípode, sentí que observaba el desierto que me daba la bienvenida nuevamente. La palabra Desierto, una vez mencionada en una charla magistral de Manuel Nuñez Negrón, ahora significa para mí la poesía de Edder González en mis libreros polvorientos. 

Desierto. No vino a mi memoria ningún verso, sino ese libro color vino, precioso, que esperaría ese día al llegar a casa. Entre los pocos charcos de la lluvia del previo día brincaban las mismas de siempre: algunas viudas, unos playeros y las iguanas de palo que viven sobre las rocas filosas. Millones de años entre sequías, temblores, y diluvios tienen esas rocas. No soy nada frente a una piedra. Mi cuerpo quizás aguanta unas cuantas décadas. La piedra lleva miles -quizás millones- de años, afilándose frente a la eterna tempestad. Los mareos confirman mi debilidad. Hace calor. Los pájaros vuelan a lugares más frescos. Yo me quedo atado al trípode, a mis pies, a la tierra quebrada. Y la violencia del calor aumenta. Las auras parecen acercarse bastante. Sería ecológico que las auras comiesen mi piel. 

Parto hacia la playa, pensando en la futilidad de este viaje, en si ajusté la sensibilidad a la luz de la cámara correctamente, o si la velocidad del obturador no es óptima. Una piedra no parte de su lugar si el cielo está oscuro. Con esto quiero decir que no puedo tomarle fotos a las piedras si es de noche. Por eso me paro frente al vapor de la mañana mientras entierro mis pies en las rocas lisas de esta costa. Atrás dejé las piedras milenarias que siguen afilándose por si cualquier cuerpo torpe se cruza con ellas. Allá los débiles que son enemigos naturales de las piedras. Ellas todas son la línea sedimentada que definen el límite que siempre podemos cruzar. Aunque estemos enterrados en el mismo lugar.   

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