Sobre la insistencia y la poesía

Aguadilla, Puerto Rico.

Escribo en una tarde a principios de marzo en el pueblo de Aguadilla. Todavía quedan remanentes del clima templado de febrero. Atardece. Los gallos del vecindario van refugiándose en sus lugares de descanso: algunos árboles frente a la casa, el árbol de mangó en mi patio y los balcones en el residencial vecino. Hoy sentí el primer golpe de calor que avisa la partida de la primavera. Se va asomando ese contraste tan hermoso entre el turquesa del mar y el cielo despejado de nubes. Llegará el verano. Época en que las montañas se pintan de un marrón seco. Luego, vendrán las bravatas de septiembre y la marejada de los muertos. Aunque tengo cerca el mar, para llegar a él tengo que brincar un muro de cemento. Luego tengo que brincar con cuidado sobre las piedras. La pequeña playa que se había formado cerca de mi casa, migró hacia el oeste del malecón. Es natural el movimiento de las orillas. Entre el aumento en el nivel del mar y la torpeza del revestimiento de piedras, no espero que las cosas sigan como siempre.

Este turpial no es el ladrón.

El malecón empieza a principios del pueblo y termina en el parque Colón donde hay una playa preciosa pero siempre amenazada por la delta del río en los días de lluvia. En esa desembocadura terminan los restos de escorrentías con sedimentos de la montaña, construcciones y lluvia. Nuestra huella empieza en la montaña y termina en el fondo del mar. Huella antropogénica, le llaman. Yo prefiero dejar una huella sobre este papel. Hoy, frente a este papel en blanco, tengo en mis manos toda la existencia. Hoy, mientras escribo, tengo el recuerdo de un turpial robándome el mangó a las seis de la mañana, el pelícano en picada hacia la ola, el beso frente al mangle, el rosa suave de las salinas en Cabo Rojo, tengo en mis manos el ataúd marino de Arecibo, ese Mar Atlántico que tantos cuerpos custodia en la oscuridad.   

Pero estas son las ideaciones de un escritor que se ha enamorado de la flora y fauna puertorriqueña un poco tarde en la vida. Debe ser el cliché de que la ciudad y el tráfico me empujaron hacia la naturaleza. O tal vez es que la desolación que habita en los cascos urbanos de mi país no me basta. No me basta repetir el abandono con las palabras, no me basta ser un transeúnte más, devorado por los boquetes en la carretera. Nos acecha un vacío que amenaza con tragarse nuestros cuerpos. De las casas y las calles desaparecen nuestros cuerpos. Comunidades fragmentadas por el miedo y el odio. Es demasiado fácil encontrar la pérdida. 

Un día fui a visitar a Domingo a su casita en Barrio Obrero y ya no estaba. Su árbol de mango también había desaparecido. Ahora solo me queda su recuerdo en algunas palabras. Pero como dije antes, la pérdida ya no me basta. Mi deber es auscultar donde están las semillas que dejan enterradas nuestras memorias. Domingo, te busco en un ave caborrojeña que anida en el suelo. Te busco en el canto de un carpintero que ha hecho casa dentro de un poste de luz abandonado.     

Tengo en mis manos las barcazas hundidas en la orilla de Isabela; las yolas repletas de sueños deshilados y ahogadas esperanzas. En la bahía de Jobos en Salinas disecan la cabeza de un cetáceo. En la frontera entre Haití y República Dominicana encontraron las cabezas de cuatro mujeres haitianas deportadas de Barrio Obrero y Puerto Nuevo. ¿Qué mundo es este que cuida mejor la cabeza de una ballena que de cuatro hermanas haitianas? Debe ser que las ballenas están en peligro de extinción. ¿Será que hacia ese camino van nuestras pieles? No. Quizás sea el camino que quieren, quizás piensan que el mar ha sido el cómplice de sus más siniestros pecados. Pero el mar es eternamente abisal y ese misterio no está resuelto. Por eso ha venido por su cemento y su varilla. Por eso ha venido por su avaricia. Por eso se traga sus barcazas de acero. Por eso saben más de otros planetas que del fondo abisal. El misterio del mar es inalcanzable y con sus orillas, siempre cambiantes, define nuestro límite, no importa cuánto tiempo le tome. 

La esencia de la ola es insistir. Así como insiste nuestra piel. Que nos arropa con su tersidad, con ese brillo hermoso que refleja el sudor de nuestras frentes en un día de verano. Esa piel que nos envuelve las manos que empujan y empujan el agua hasta arrastrar un cuerpo victorioso sobre la costa rocosa. Esas son las manos de mi hermana que insisten sobre el barro y la madera, son las manos de mi madre que insisten en el cuidado de la vejez, son las manos de mi tía que insisten en no soltar las manos de mi abuela sobre la pizarra, son las manos que insisten sobre la candela y la poesía. Las manos del mangle que busca donde enraizarse, a pesar de que al otro lado de la costa, un misil se siembra sobre la tierra. A nosotrxs, el cemento y la piedra nos alejan del mar, a un palestino, un disparo. Sin embargo, el palestino también insiste. No importa cuanto tiempo. Aunque esto es algo terrible. Por eso insisto sobre la poesía, insisto sobre mis manos. Al menos, por hoy, en esta noche de marzo, cerca del misterio del mar, lejos de las manos de mi madre, en este abandono para fomentar el turismo. 

Cabo Rojo, Puerto Rico.


Me lanzo con rabia y miedo al mar. Puedo ser otro cuerpo más custodiado por el olvido. Solo toma una corriente invisible y un descuido. Parecería que estoy definiendo lo que significa estar vivo. Pero estar vivo también es llorar por la muerte de los corales, la muerte del guabairo y la muerte de mi tío. Hombre grueso, duro y tierno que me enseñó desde lejos el humor y la sencillez. Podría decir hoy te amo aunque nunca te lo dije, tío. Pero en la unción de aceite de oliva al arroz te recuerdo y te amo a la vez. Gracias a la palabra por construir una casa para tu recuerdo. La ausencia se vuelve una costumbre en un país que ha perdido más de la mitad de su población en una década. Han desplazado hasta los peces. Quizás por eso nuestra cadencia es ejemplar. Somos peritos en padecer con ritmo. Sigo el rastro del dolor y la memoria. No soy el primero ni el último que conversara con la soledad.     

Habitaremos las plazas así sea junto a los fantasmas. Todavía se fríen los tostones de pana y un filete de pargo cerca de la plaza de Puerto Real. El pan está temprano en la mañana en el pueblo de Hormigueros y un tinglar puso sus huevos en Pozuelo de madrugada. Las tortugas también insisten. Y aunque Domingo ya no vive en Barrio Obrero, Lola, otra vecina, continúa maldiciendo a los agentes de inmigración desde su balcón. Al menos eso imagino sobre este papel. Aunque no vivo sobre este papel. Vivo sobre la tierra. 

Una piedra alberga la sal en Las Salinas.

Con suerte regresaré al mangle, a la costa, a la roca. Con suerte regresaremos a nuestro lugar, al abrazo del sol. Mientras, sigo el contorno que trazaron mis maestras. Sigo mis manos, aunque me duelan en las noches de tanto apretarlas. Sigo el camino que siempre deja la marejada. 

Sandra y Cabo Rojo: les dedico este verso de Luis Othoniel Rosa que encontré en el librero de mi casa mientras buscaba palabras y extrañaba la caricia de mi amante: “La tristeza es el río del tiempo, nos dice una mujer que nos amó, y que ya no está”. No se preocupen, ese mismo poeta lo confirmó: “la tristeza es hija de la furia”. 


Spathodea campanulata en Barranquitas.




Insistir sobre el vacío así como insistimos sobre la página en blanco, como el mar insiste sobre la estructura fija, como la gota del río da forma a la piedra. Es el deber de nuestras pieles. Insistir, permanecer. Vivimos del cuento. Eso queda claro un domingo en la agencia hípica con mi abuelo o una tarde en el balcón del salón de belleza de mis tías dominicanas. La insistencia de contar como una forma de construir otros mundos posibles. Aquí ya oscurece, los últimos rayos del sol acarician las paredes de la casa. Pienso que esta vida ha sido el sueño de mi madre. Toda esta poesía para decir que la extraño.



“La frontera es un destino imaginario”, dice Francisco Font Acevedo. Solo los que no han sentido su lugar de pertenencia en un abrazo pueden dibujar un muro entre nuestras pieles y el amor. Insisto. Quizás sigo un camino trazado por maestras negras como Misis Casado, Fermaint, Llanos, y misis Dalmau. Es la apuesta que tiro a la mesa cuando me encuentro escribiendo en una mesa solo. Quizás en esta elucubración pueda construir ese anhelado futuro en compañía de lxs que se fueron. Si la frontera es un destino imaginario, nuestras manos seguirán escribiendo nuestra historia, sea en un papel en blanco, guardando las fotos en los anaqueles, o celebrando nuestras vidas frente a tanta muerte. Somos nosotrxs contra el olvido. Y nuestra historia afirma nuestra victoria. 




Playa Sucia, Cabo Rojo

(Escrito originalmente para el panel y conversatorio: Narrar la re-existencia en la Cumbre Internacional de Afrodescendencia 2026 en la Universidad de Puerto Rico)

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