Transeúnte
La vecina me dijo que Peluche murió. Un perro adulto, de pelo rojizo calabaza, que pernoctaba por las calles del pueblo y el malecón. Era alimentado y atendido por vecinos en diferentes calles colindantes al muro costero. Siempre fue bien cuidado. A veces tenía heridas, a veces tomaba agua estancada de lluvia, a veces se mojaba en la playa. Dormía en la acera y una vez durmió en mi sala huyendo de la pirotecnia a principios de año. Ya de madrugada me levantaba para irse a su misterioso.
Peluche nos buscaba para pasear por el malecón.
Su salud se fue deteriorando hasta que dejó de visitar mi apartamento y no lo volví a ver. Hasta el sueño que tuve hace unos días. Lo vi mientras olía la grama del parque solitario que solíamos visitar. Lo llamé varias veces pero no se volteó a verme. Cuando me levanté supe que era mi nostalgia fabricando una despedida. Una vida ejemplar la de ese perro, una vida que nos conectó a todos: al vecino que trabaja sobre el metal y el acero, a la vecina que alimenta el ecosistema de aves que incluye una Yaboa que aparece curiosamente durante la luna llena, la madre e hija que comparten la marquesina con una cotorrita. Lugares de refugio para Peluche.
De las vecinas escuché que se lo llevaron lejos del pueblo y regresó caminando a las dos semanas. También escuché que cuando se lo intentaron llevar de nuevo, la gente del complejo residencial no lo permitió porque era un residente acostumbrado. Pernoctaba donde quisiera. Comía de todo. Pero esa vida eventualmente le costó una infección. Quizás en uno de esos charcos de agua, o una sobra de comida contaminada.
No pudieron salvarle la vida, me dijo la vecina. El otro vecino, con una escalera a su espalda, dijo que tuvo una buena vida y que se le proveyó atención y amor. Luego siguió reparando un portón de un vecino más adelante en la calle. Peluche, un perro de la calle, del mar, de la brea y la piedra. Un ser vivo, libre, que conocía el olor de las calles de un pueblo de oficinas de abogados y notarios, tribunales, oficinas médicas y gubernamentales, bibliotecas, cervecerías, barberías, barras, restaurantes, dispensarios, farmacias y casas escondidas por el estrecho margen de la oscuridad. Un perro que se bañaba en los cráteres que hay que esquivar con el carro. La vida del perro es la vida de lo que es un verdadero transeúnte. Pero el carro nos separa cada vez más. La hojalata entre nuestros cuerpos. Nuestro cansancio sigue aunque caminemos menos.
Voy a extrañar a este perro que me enseñaba a detener el carro para mirar el mar unos minutos. Quizás aplazar la diligencia de un día y contemplar la oportunidad. Los que la tenemos. Sé que en otros lugares, las horas apenas sobran, las responsabilidades, nuestras vidas, la imposibilidad de una pausa. Y de un momento a otro. El tiempo se acabó. Y es una idea terrible. Al menos una idea que me aterra. Quizá escribo para poblar este vacío que deja Peluche, este vacío que deja la distancia. El vacío de anticipar una despedida. El retorno a la hojalata es inevitable. También lo será el retorno a esta memoria. Quizás nos queden más memorias al fin, porque el metal se corroe y más si está cerca de la sal. La apuesta es aprender los caminos como el perro. Aprovechar cada paso sobre la tierra. Si es posible cada palabra sobre el recuerdo.
Hasta siempre. Gracias.