El valle de las balas: Efe Rosario y su novela Morales 19 (La Pereza, 2025)

Han pasado varios años desde que Efe me compartió Morales 19. En ese entonces, la novela llevaba el nombre de Armando A. Morales. La memoria es un lugar engañoso, pero la historia de los personajes de aquella novela nunca me abandonaron. Sospecho que fueron los lugares descritos; lugares familiares que habité y recorrí con mis pies y mi carro. Cuando pienso en Morales 19, pienso en lugares como el Puente Dos Hermanos, la Avenida Ashford, Villa Palmeras, Barrio Obrero, Torres de Sabana, Saint Just, Sabana Abajo, Santurce, Carolina. También sospecho que he visto a sus actores triunfar, caer, levantarse, caminar, fallecer, rezar, morir y desaparecer.

Pasan los años y con ellos, la vida se transforma, las distancias se agrietan y las ruinas de un país se acumulan. Hoy estamos aquí hablando sobre Morales 19, una novela que me hace pensar en Trance de Pedro Cabiya por la profundidad de sus personajes y la tragedia de sus historias. Me atrevo a decir que Morales 19 es una película y es la historia de un país empujado hacia el margen, con su cuerpo comprimido entre la desesperación y el intento de permanecer. Tanta presión no siempre crea diamantes, y el peso de un Puerto Rico en precariedad inevitablemente desenfunda la violencia que llevamos por dentro.

Mi cercanía literaria con Efe, con quien he compartido palabras y lecturas por más de una década, permuta en esta reflexión. Ya que mencioné anteriormente a Cabiya, aprovecho para decir que en Morales 19 aparecen pistas de un destino inevitable que conecta a sus personajes. Ese destino inevitable (designio transfinito lo llama Cabiya) será parte del engranaje que nos va mostrando Efe en su novela. 

Acompañaremos por medio de su pluma a sus personajes desde el Puente Dos Hermanos. Los acompañaremos caminando por la Ashford y reconoceremos ese sentimiento de no pertenencia en tu propia tierra, esa sensación de que los hoteles te quitan la playa. Luis y Javi en el Puente Dos Hermanos no nos serán ajenos a aquellos que miramos San Juan con alguna nostalgia, como el recuerdo del perro de piedra frente a la marejada abajo del puente o los chamaquitos haciendo piruetas en el aire para caer en el agua. 

Pero el calentón cansa, eventualmente el cuerpo se rendirá. Y eso es algo que Efe, trágicamente augura en Morales 19: la falta de salidas de la violencia y la precariedad; el abandono de las juventudes marginadas y cómo la rabia es producto de una infraestructura diseñada para triturar la carne y adormecer el espíritu. 

Entonces el calentón será lo que la luz fue para el personaje de Meursalut en El Extranjero de Albert Camus. Una fuerza exterior, punitiva y cegadora que nubla el entendimiento y empuja el cuerpo hacia la violencia. Se trata de una respuesta contra aquello que no tiene nombre. En el caso de Morales 19 y Puerto Rico, será la violencia de una estructura política y gubernamental que enajena, encierra, distancia, extranjeriza, mitifica y extrae de una población hecha vulnerable. Y todos los personajes están asediados por el calentón en Morales 19 y sus alrededores. Pues la violencia salpica sin reparos. 


Morales 19 se une a las obras de El Castillo del poeta y editor Gegman Lee Ríos, el corazón de la Belleza Bruta de Francisco Font Acevedo y el Mandamás de Manolo Nuñez Negrón. En el mundo de Morales se asoma un país al margen que se va derritiendo poco a poco como una cinta de 16mm en este clima tan húmedo del trópico.  

“Caminaron por la Ashford en dirección a Morales porque no tenían dinero para coger la guagua. Javi echó un vistazo a su entorno. La zona hotelera los envolvía sin piedad. Esos alrededores no lo atraían. De a ratos le daba la impresión de que la isla no fuera una isla, que no había playa al otro lado, que el mar no existía allí, que si hubiera cruzado la recepción de alguno de esos edificios solo se toparía con más bancos y tiendas y carreteras, un espejo que devolviera la imagen del cemento y de balcones elevados”.

Nada de este pasaje nos es ajeno a los que hemos sido testigos y víctimas del desplazamiento y la transformación de los espacios por décadas. Efe, como traficante de la palabra nos presenta su producto primero, luego viene el consumo y luego el azote. Veremos la altivez de Luisito, la timidez de su hermano Javi, la complicidad obligada entre hermanos que resiste a cualquier tempestad. Veremos a su madre Brenda, una mujer que temprano en la vida: “se dedicó a los quehaceres del hogar como si la vida dependiera de ello”. Y los hijos sabemos que muchas veces, nuestra vida depende de nuestras madres. Y esto es algo que Efe recoge muy bien, la presencia de las madres del país. Madres luchadoras, imperfectas, resilientes y testigos del polvo sobre el marco de las fotos de aquellos que ya no están porque la violencia los sacó de raíz. Brenda es una mujer clara. Está segura de que “la suciedad [en la casa] se colaba por culpa del tránsito en la Baldorioty”. Pero no hay escapatoria de la violencia, “el residencial Armando Morales había sido el único sitio conocido para ella. Su mundo se reducía a los aconteceres de allí”. Y esto no es una condena, sino un hecho.

A lo Claraboia de José Saramago, Efe nos abrirá la ventana de los apartamentos en Armando Morales y nos enseñará la vida de algunas de las familias que viven aquí. Estas historias, no se equivoquen, son importantísimas para concebir un país completo, un país complejo con sus luces y sus sombras. El país con padres tiernos que intentan amar bien pero que también son esclavos del vicio y el apartheid invisible del que nadie quiere hablar. El país que se alimenta con Chef Boyardee o nuggets tyson, el país que tiene niños que no comen si no van a la escuela. El cansancio en Morales 19, es habitual, es un lugar habitado por cuerpos llenos de rabia, sed y violencia. Pero también de cuerpos que aman, sufren y cuidan. 

Efe teje una complejidad de universos que eventualmente coinciden y que su desenlace se nos adelantará como una premonición. Aunque la tarde esté tranquila (para algunos), para otros es el comienzo. Cuando caen los párpados más cansados, los demonios salen a la vista. Las madres de nuestros personajes se repetirán porque son todas nuestras madres quienes trabajarán más de 56 horas semanales que no serán suficiente.

En Morales 19 no hay mucho tiempo para ser niño; recordemos que nadie quiere a los niños envejecidos, como dijo el escritor colombiano Andrés Caicedo. Para algunos personajes, la motivación es el dinero, para otros, concretar que existen más allá del confín estructural de Morales 19, Villa Palmeras y Playita. Personajes como Carita y Rafi solo tienen minutos para olvidarse de sí mismos, olvidar las circunstancias, aunque sea por un momento. Es la obligación de lo inevitable. Esta historia es un caos por descifrar como dice el escritor portugués José Saramago. Se trata de la entropía que encontramos los que habitamos este archipiélago de ruinas, corrupción y crisis climática. 

El capítulo titulado “La Cháchara” me hizo recordar una escena de los cuentos de Mundo Cruel del gran escritor y librero Luis Manuel Negrón, a quien muchos de nosotros debemos nuestras mejores lecturas. La complejidad del bochinche, la lengua larga, los malos entendidos no serán suficientes para dejar de ser buenos vecinos, de compartir sus apartamentos si la violencia horizontal se aparece, porque con el Estado no se puede contar. Compartirán sus historias, el café, lo que pasa en la novela de las 6, lo que pasa en sus casas. La intimidad es la forma más valiente de vulnerabilidad como lo vemos entre las madres Brenda y Lidia.

Sobre Morales 19, el narrador dirá:


“La lluvia caía fina, pidiendo permiso para mojar. Desde el balcón, el caserío se veía cubierto por un velo húmedo; las luces de los postes parecían más amarillas, las voces más apagadas. El agua no lograba borrar la sensación de que todo ardía debajo”. 

Esta descripción se da desde el apartamento de los hermanos. Ocasión que el autor aprovecha para enviar más olas sobre la marejada de la violencia que se va acumulando sobre sus personajes. Javi ve televisión y el narrador dice: 

“Steven Seagal atacaba con la serenidad de quien se lava las manos. El muchacho ya había visto esa película, pero se quedaba enganchado siempre en dos escenas: cuando John Hatcher le cortaba la cabeza a Screwface y cuando tiraba a su gemelo por el hueco del ascensor hasta que la cámara lo mostraba empalado. El absurdo de esa violencia otorgaba un orden pasajero a las violencias de su entorno”. 

Increíblemente esa escena la recuerdo a mis treinta y cinco años cada vez que hablo con un amigo. No es que no sea creíble, es que la normalización de imágenes tan violentas en horario regular no cuadra con las preocupaciones específicas sobre, por ejemplo, el género del reggaetón. La violencia es parte de la cotidianidad de todos. Y ella a su vez, da paso a unas producciones que reflejan lo que viven algunos sectores en la sociedad puertorriqueña. Creo que en este caso, el arte imita a la vida. 

¿Y quién es Armando Morales? Un cronista muerto de guayabera blanca, con pelo negro de pocas canas y peinado hacia un lado y bigote. Una placa oxidada confirma su oficio: “Armando Morales (1856-1925): cronista de la nación”. Y aunque el señor Morales solo aparezca muerto en un sueño de Javi, existe en forma de crónica, pues el residencial Armando Morales es un lugar que contiene la historia de una comunidad que es parte de un país que mira las ruinas en la mañana junto a un café. Es el castillo en el que hacen sus vidas y a su vez, sus vidas, son crónicas de Puerto Rico. Un sueño es lo único que acerca el nombre del cronista Armando Morales a sus personajes. Nada más. Porque al igual que Luis Lloréns Torres, José Gautier Benítez, Virgilio Dávila, Ernesto Ramos Antonini, o Nemesio Canales (donde mi madre dio clase por diez años), esos nombres de “grandes hombres y mujeres” ahora se asocian a la marginación y la violencia. Puerto Rico: el valle de las balas. 

El negocio del personaje de Charlie Patilla será el punto gravitacional que conectará a todos los personajes de Morales 19. Su tiendita es el punto de encuentro entre todas las violencias que se van calentando como la lava de un volcán. Mueren dos hombres como víctimas colaterales, como notas al calce de la misma historia que parece repetirse sin nunca acabar. El juego continúa, solo cambian los actores, los que viven, los que mueren y los que sobreviven. Sin embargo, dentro de esta normalidad aterradora, los personajes no carecen de lucidez: 

“Pues, mijo, vivir es levantarse en las mañanas con dolor de espalda y de rodilla. Hacerse café y ponerse lo más presentable posible. Es salir los fines de semana con la esposa,, permitirle que pida mofongo con langosta pa que no se canse de uno. Vivir es mantenerse en lo suyo, no ponerle el pie a nadie. Es querer a los hijos, como esos dos que tienes tú que se ven buenos muchachos. Es venir to los días a trabajar, sí, así como lo oyes. Y también es escucharle los disparates a gente como tú”  (esto lo leía con dolor de espalda y rodillas”

Esta es la piedra de Sísifo del hombre del colmado, de la madre con miles de responsabilidades, de los jóvenes sin futuro. Es la piedra del adicto, Manolo, que a pesar de su vicio, intenta ser buen padre y aferrarse a su propia y necesaria filosofía: “Vivir es no hacerse estas preguntas”.

Fuera de Morales, miraremos los moteles, iremos por la Baldorioty al ritmo de la música que tanto interrumpe la cotidianidad de algunos. Veremos a los viejos jugando dominó y beber frente a los bares y observaremos las malas decisiones de los personajes. Estos no descansan en la derrota, porque vivir también es equivocarse, cagarla, recibir el regaño de las amigas y de la madre, pero vivir también significa recibir su amor y su abrazo. Vivir es la complicidad que queda cuando nos mostramos vulnerables frente a los demás y eso es algo que se manifiesta en la relación entre las mujeres y los hermanos en esta novela. La humanidad de estos personajes está más que clara. 


Manolo, a pesar de recibir la violencia de Morales 19, seguirá anclado a su vicio. Charlie seguirá anclado a su negocio. Samito y Carita seguirán atados a los suyos: la droga. Todos, a pesar de las advertencias, no pudieron escoger otro camino porque son víctimas (o actores) de la determinación de las circunstancias. La película está en play. Hay que seguir hasta el final.

El reggaetón y la salsa, productos culturales de Puerto Rico, son el soundtrack de las vidas de los personajes, como lo son en la novela Palomos del escritor dominicano Pedro Antonio Valdés. Sea intersectando líricas con la narrativa o hablando sobre los cantantes, este elemento cultural también sirve de crónica sobre el país. Un personaje, junto antes de morir cosido a balazos, lo pensó bien: 


“El mundo entero podía contenerse en la voz de Lavoe para contar lo que era la vida misma en Armando Morales. A ley de una luz de su casa, le dio con pensar en Willie Colón y en El Cantante de los cantantes como dos maestros apocalípticos en una isla

transformada ¿por la droga?, ¿por la violencia?, ¿por el sexo? Eran maestros de algo más. En sus canciones, hablaban de una cárcel que era también un país, de un país que encerraba cientos de caseríos, de cientos de caseríos que encerraban miles de desgracias, de miles de desgracias que encerraban al mundo en visiones fracasadas.” 

La atmósfera de Morales va calentándose, va envolviendo a sus actores hasta que todo se confunde en una balacera que como aguacero, empapa todo lo que está cerca:

“Sobre San Juan había caído algo así como una cama de plomo que embotaba los sentidos y dificultaba hasta el tragar. El sonido permitido más allá de la sordera colectiva era el zumbido que producían los vehículos al transitar la Baldorioty. Los anuncios comerciales, las salidas, los aviones por los cielos, los negocios y las residencias que se podían observar desde el expreso, se encontraban en ánimo de luto. La tarde había muerto y la capital del país participaba en un raro rito funerario”.

Sobre los actores que morirán en la balacera, el narrador dirá: 

“A pesar de que en pocas horas estaría cada uno arropado por la sábana más pesadillesca que ofrece la ciudad, tan envueltos que ni podrían desentrañar motivos para la alegría, los amigos, en ese preciso segundo, pudieron concertar una sonrisa en torno a la ocurrencia de Kiki” (54).  

Esto es lo inevitable del designio transfinito de Cabiya. Los indicios están ahí. Sabemos lo que va a pasar porque ya sucede. Lo vemos en las noticias, lo vivimos, lo recordamos. La violencia es tanta, que es imposible recordarla siempre y recordarla toda. Resulta trágico que la balacera cruzada entre bandos sea una noche más de disparos en Armando Morales, donde la violencia, al igual que el país, se ha normalizado. Tras la lluvia de balas y disparos, vuelven los coquíes y los carros en la Baldorioty. La película continúa. Por eso, aunque algunos sobrevivieron un día más en el valle de las balas, “bajo la ley de Morales había lluvia para todos. Y esa madrugada llovió cuanto tenía que llover”. En el desenlace todos terminan mojados. Unos más que otros. Efe nos lleva de la mano hacia el interior de sus personajes justo antes de sus fechorías, cuando tienen que dejar de ser niños para convertirse en asesinos, para dar ese palo junto a los amigos que van “manejando prematuramente por el valle de la muerte” (63). 

Los lectores solo podemos atestiguar lo que sucede. Visitar el cementerio de los caídos. Efe, al igual que Cabrea Infante en Tres Tristes Tigres, se aprovecha del elemento visual en el texto y despliega el cementerio de las balas: “Disparos por Morales, por Santurce, por San Juan, por todo el país. Disparos y balas y casquillos y casquillos y balas. Un cementerio de todo, pero sobre todo de balas”.

Esta imagen de muchas comas corridas en varias páginas sirven para visualizar la cantidad de chamaquitos que caen como mosquitos a diario. De los caídos quedará la soledad de las madres y las esposas; sus sacrificios estancados en el intento. Los más jóvenes por su parte se quedarán con la rabia que les pesará sobre la espalda por el resto de sus vidas.  

“En el idioma de la violencia imperan los monosílabos, las onomatopeyas, las reticencias. Entonces se rasga la madrugada con el grito. Pronto alumbrarían los primeros rayos de luz. La gente comenzaría a estirarse en sus camas, a tocarse los ojos para recordar cómo sufrir o percatarse de que alguien sufre más allá de su apartamento o en su mismo apartamento, como sintió Javi, quien salió del cuarto y vio a su madre encogida. Parecía un ataque, y lo era. Parecía herida de muerte, y lo estaba” (68).

Luisito y Javi sufrirán ese crecimiento abrupto. Los hermanos pierden a su papá en el cruce de balas y hasta el llanto será cuestionado en un mundo donde los hombres no lloran. La rabia, al final, es lo que los hermana a todos. Más que las salidas, las peleas, los silencios, es la rabia y la muerte.

“Porque se mueren pronto las primeras mascotas, los abuelos, los vecinos viejos, los títeres, y uno practica el llanto y el dolor, va perfeccionando la mueca del vivo que sufre, va apreciando el chocolate caliente o el café de la funeraria, convierte los velorios en encuentros sociales en los que se persona un primo de allá fuera o la tía que dejó al marido y se fue a vivir con otro abusador” (69). 

Regresamos al origen, porque el infierno es la repetición de los caídos y los que se quedan en el mural. El mundo continúa para los hermanos huérfanos, solo que ahora el dolor está más presente. El menor de los hermanos ocupará el lugar de uno de los caídos en el asalto. Porque no le queda de otra, es ese designio transfinito dicho por la esposa viuda de Charlie: “Pobre nene… tiene la misma cara del padre”. 

El determinismo le quita la oportunidad de romper el ciclo, donde la muerte es costumbre y vivir se convierte en una sospecha. El narrador concluye con una de esas tardes que aparece tranquila. Sin embargo, al final de esta historia, “Armando Morales se iba cansando con ella”, premonizando que el cansancio seguirá acumulándose como la marea frente a los hoteles. Habrá más ruinas, otros caídos y más balas. Esa “debilidad invencible” que se apodera de los alrededores, será la fuerza que determinará, irónicamente, si podremos salir airosos de nuestras circunstancias.     

 Efe Rosario con Morales 19 y su acostumbrada poesía de cuchillo, nos entrega otra obra que rasga el tejido de la comodidad y la costumbre. Una novela para todos los lectores, sobre todo aquellos que hemos sentido la distancia asfixiando poco a poco la memoria. Aquí la muerte aparece inevitable, pero también el intento de sobrevivir. Y sobre cualquier intento, el juicio de los que no han vivido en el valle de las balas, se desvanece. El cansancio se ha convertido en un país y Efe Rosario ha sabido describir el interior de algunas casas, y por tanto el interior de algunas almas.   

Previous
Previous

Con llanto de cocodrilo (Elefanta, 2025) y Los nidos (Riel, 2025): breve reflexión

Next
Next

Esencia y Puerto Rico