Jomar Canales Conde: la inclemencia y la belleza “En algún lugar es tiempo de acerolas” (Pulpo, 2025)

Moca, Puerto Rico.

En el 1916, el poeta puertorriqueño José de Diego en sus Cantos de Rebeldía insistirá en enfrentar el dolor y el cansancio como un árbol seco, como un toro acorralado; como un germen enterrado, insistirá en el intento, en la fuerza, en el latir y el reverdecer. Resurgir, gritar, y así como el río con la lluvia: crecer. Más de cien años han pasado. El cansancio y el dolor continúan abatiéndonos en las noches sin luz ni agua, en la incertidumbre de la quiebra y la violencia natural de un lugar en ruinas y escasez. Sin embargo, en algún lugar debe ser tiempo de acerolas. Esa es la propuesta del libro de este joven poeta que apuesta a la vida debajo del mangle, debajo de la arena, debajo de la tierra. Es bajo nuestros pies que la raíz crece y fija el árbol, la rosa, el palo de acerola. Sin presiones no hay diamantes, sin entierros no nacen plantas. 

El dolor, la distancia y el paso del tiempo son, en la poesía de Canales Conde, el telón al cual Ismael Rivera, nuestro sonero mayor, se refiere en su canción “de todas maneras rosas”, también título de la primera parte del poemario. La cortina a la que me refiero es la tragedia que a veces puede ser el recuerdo de ciertas juventudes. Canales Conde lo dice en el primer poema: “y yo pensaba/aquello era el desastre/poco sabía” (7). ¿Y cómo saber si no se vive primero? ¿Cómo entender qué significa un vuelo si no se ha caído hacia el abismo? Y es que el amor a veces no responde ni a la lógica ni a la reciprocidad. El amor puede ser una habitación entre las llamas de la incertidumbre. Pero nuestro poeta y nuestro sonero deciden dar “de todas maneras rosas/para quien ya me olvidó" porque “más vale un ramo de rosas/de primavera y color”. La música de Maelo y en este caso, la poesía de Canales Conde, es un intento triunfal (por momentos) de abrazar toda la catástrofe que implica el amor. Cuando me refiero a catástrofe, me refiero al “cambio brusco de estado de un sistema dinámico, provocado por una mínima alteración de uno de sus parámetros” (RAE). ¿Y no es así que el amor y la vida están construidos? ¿Amenazados por un mínimo movimiento de la tierra o de nuestros corazones? Los días más soleados y más claros se invierten sobre aquel cuerpo y memoria que carga un vacío: “la luz aturde como un mazo/como un cuerpo que cae/pesado y sin culpa” (10). El paraíso se puede convertir, por un tiempo, en un recuerdo de la ausencia. 

En la poesía de Canales Conde no siempre será la noche quien sea el hogar de lo taciturno y la tristeza, sino el mediodía y los atardeceres. En esta primera parte del libro hay una tarea de aceptar la partida, la brevedad, la inocencia y la indiferencia fingida como asuntos de una extrañeza que no se entiende hasta que no media la distancia y el tiempo: “era joven y cobarde/poco entendía/que tales excesos de la imaginación/son defectos de carácter/y por tanto pensaba/que las cosas/eran imposibles” (11). Una vez llega a esa tregua que recoge la vergüenza y la falta de sosiego con una palabra tan fatigada como resiliencia, el poeta se dirige en trote “desbocado hacia el vacío” (12). 

Es en la segunda parte del poemario que ese vacío se convierte en un camino para un transeúnte costeño, obligado por las circunstancias del agua al confín de la tierra. La reflexión inicial de Canales Conde sobre el horizonte en una isla nos adelanta una premonición: “Si yo camino hacia el horizonte, no tengo la certeza de que mis pies encontrarán donde pisar” (15). En este contexto apostaría a la incertidumbre del país que nos asedia constantemente, incertidumbre laboral, política, mental, espiritual. El abandono y la ruina le dan la bienvenida al follaje que crece sobre lo no habitado. Es decir, el reverdecer, en algunas cosas, es inevitable. Además es un deber encomendado por De Diego. 

“Realmente no estoy tan triste” anuncia Canales Conde, azulado desde su balcón, y aunque su sillón hoy no brindará amparo, el intento de encontrar la belleza en lo más mínimo permanecerá, como el sonido de la lluvia sobre las venas de una hoja. Este verso que contempla una imagen tan bella pero tan escapable al ojo (pre)ocupado es un oficio que Canales Conde bien trabaja en su poesía. Su palabra es un microscopio que nos permite observar el mundo interior de un poeta que se detiene a contemplar el horizonte una vez que ha comprendido el flujo de su río interior: “y tu amor/tenía algo de horizonte/garganta tierna/de abandono” (19). El encuentro con el vacío y el abismo se repite. Después de todo, qué queda cuando la lluvia aplasta la casa y la madera hacia el barro, hacia el lugar de las raíces que crecen en la oscuridad al igual que las dudas y la distancia. 

Sin embargo, de las raíces también nacen los árboles y en algún lugar debe ser tiempo de acerolas, aunque en el presente, en la casa, solo haya olor a barro y mangó podrido y afuera de la casa solo haya un árbol sin hojas. En otro lugar, y aquí, pero en otro tiempo, será el tiempo de las acerolas. Será la poesía un álbum de recuerdos a desempolvar luego de hacer pases con la torpeza y la ignorancia de otra juventud. Ahora, con las rodillas peladas en la arena y el fuego en la cuneta, cansado del miedo de otros (que también es su miedo) el poeta puede “estar triste si es necesario” (24). Porque al caer sobre la tierra, joven y cobarde, no queda otra ruta que levantarse como árbol que espera pacientemente la lluvia. 

No hay otro camino después de la caída. Así lo propone Canales Conde: “quiero estar vivo/cántaro de lluvia/enamorado del mundo/quiero abrir la puerta/aunque mi casa esté en ruinas” (24). Ahora la lluvia, antes razón para quedarse en el balcón, es bienvenida a quedarse. El poeta es un recipiente endurecido por el tiempo, las caídas y las despedidas. El poeta, como todo libro de poesía, es un cántaro en donde se deposita lo que el cuerpo y la memoria ya no aguantan. Observamos, desde la cercanía y la periferia, el derrumbe de promesas y sueños. El hambre no parece conocer límites y somos testigos del devoro insaciable de los bienes naturales. Esto por supuesto, no es algo nuevo. Pero es algo presente. Y así como los versos de José de Diego insisten sobre nuestra memoria, los versos de Canales Conde insisten a pesar del barro, la soledad, la derrota y la muerte. 

Si la poesía es una “manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra”, como dice la RAE., entonces eso es precisamente lo que sucede en este libro. Una rebeldía de la belleza contra la destrucción, el abandono y el vacío. En esa contemplación se atisba una madurez y una lucidez que solo pueden manifestarse en alguien que entiende que “el azul del cielo puede ser tan cruel/como el azul del mar/pues la belleza tiene el don de la inclemencia” (26). Cuando no sea tiempo de acerolas, será tiempo de observar las rosas que florecen en esta poesía una y otra vez.  



Pueden conseguir el poemario de Jomar Canales Conde en: https://libreriayeditorialpulpo.com/collections/coleccion-naufrago/products/en-algun-lugar-es-tiempo-de-acerolas-jomar-canales-conde

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