La rabia también se agota
Isabela
Para llegar al mar cerca de mi apartamento hay que brincar la estructura de cemento que me separa del mar y brincar cuidadosamente entre las rocas para llegar al agua. Hace cinco años quedaba un pedazo de playa que apenas daba para algunos cuerpos. No había el acceso para surfistas que existe ahora que la playa migró hacia el oeste del malecón. Es natural que la orilla se mueva; entre el aumento en el nivel del mar y la torpeza del revestimiento de piedra no espero que las cosas sigan como siempre. El malecón empieza a principios del pueblo y termina en el parque Colón donde hay una playa preciosa pero siempre amenazada por la delta del río en los días de lluvia. En esa desembocadura terminan los restos de escorrentías con sedimentos de la montaña, construcciones y lluvia. Fue esa misma agua que una tarde de octubre me infectó los oídos y me cambió la vida en apenas algunos meses. No entraré en los detalles sobre mi salud pero pensé que mi vida se había detenido a mis treinta y cuatro años. Pero seguí resistiendo como las piedras frente al mar. Ocho meses después de esa enfermedad, regreso a ese malecón y a ese mar con un temor comprensible. Pero el azul turquesa del mar aguadillano es imposible de resistir. Brinco el cemento y las piedras con la misma vigorosidad de mi perra en la playa. Chapoteo y juego como un niño las mañanas que puedo disfrutar mientras transeúntes se ejercitan. Es de los pocos momentos en que la felicidad no parece un artificio, porque pertenezco por unos minutos a la sal y el oleaje que abraza mi cuerpo cansado.
Sin embargo, cuando salgo del agua y brinco entre las piedras para regresar al paseo, me aseguro de que no haya policías en la costa. Hago una evaluación relámpago sobre quien me observa brincar el cemento en caso de que me confundan con un negro que llega escupido por el mar. Así como hago cuando voy a las farmacias o a las librerías. Me ocupo de no ser una incomodidad para el que vigila y para la cámara. Y es que hay que soportar la sospecha como un crucifijo sobre el cuello. Mis padres insisten en que cargue mi pasaporte conmigo cada vez que ven las noticias. Yo me rehúso, aunque no les digo nada y grito en silencio por el teléfono. Me pregunto si en cuatro años, el grito en silencio será lo único que me quede. Pienso en las playas que albergan las embarcaciones de PVC de la gente que arriesga su vida para probarse ante la sospecha de un mundo que nos rechaza por el tueste de nuestra piel.
La rabia no dura para siempre. Así como la orilla cerca de las piedras se mueve hacia el oeste, también se mueven nuestros deseos y nuestras pesadillas. Los límites que me separan del mar ahora tienen vidrios sedimentados y pedazos de cemento. Ahora nos bajan del carro, se meten en las casas, nos detienen en el aeropuerto. Quiero decirle a mis padres que un papel no será suficiente cuando la sospecha sobrepase la cautela. Quiero decirles que el miedo me tiene tan cansado como dos meses bajo el sol en una finca en Moca durante las olas de calor. Quiero decirles que los amo y que la distancia es producto del precio de los peajes y la gasolina. Pero también es consecuencia de una rabia agotada, como la exasperación del extranjero en la novela de Camus. Todo acto fuera de ese mar que me abraza parece inútil. Pero regreso a esa inutilidad como buen contumaz. Es tan inevitable como la desembocadura del parque Colón sobre el agua. Insisto sobre la palabra, porque sé al igual que Gallego, que “olvidar es algo implanteable, porque sé que endonde mejore un ser humano, mejorará la lucha aunque sea un poco más…, y cuando llegue ese día, te hablaré delos huesos, y delo mucho que sonríen debajo de la piel”. Sueño con que llegue ese día. Si mis huesos no permanecen, tal vez podamos hablar del calcio de los corales, que es lo único que quedará sobre el límite del mar.“La frontera es un destino imaginario”, dice Francisco Font Acevedo. Solo los que no han sentido su lugar de pertenencia en un abrazo pueden dibujar un muro entre nuestras pieles y el amor.