Encontrarme con la distancia

La humedad ha carcomido el borde de la parte izquierda de esta foto. Parece un incendio detenido en el tiempo, como si el fuego conformara parte del pasado. Tengo unos siete años y estoy en posición de bateo en el plato izquierdo con un bate de metal. Atrás queda el patio de la casa del vecino y la grama de casa de abuela esconde mis pies. Busco la aprobación de quién tiene la cámara. Un palo de mangó me protege de la luz del sol. La silla en desuso también aparece en la foto, cerca del fuego.

Fuera de la foto quedan otros recuerdos de esa casa: el sofá crema corduroy, las bicicletas que casi nadie usaba, la mesa de mármol, el teléfono negro de cerámica, las enciclopedias y los libros en francés, las telenovelas ocupando la casa, los sartenes de carbón y acero, las quemaduras en la estufa, el piso moteado, los azulejos del baño, la pequeña gruta con una virgen prisionera detrás de un cristal, el óxido de todos los metales.  

Fuera de la casa quedan las calles que recorría en bicicleta, el olor de sus panes recién horneados, los niños caminando a la escuela, los hombres en el liquor store dándole continuidad a la madrugada, la agencia hípica junto a la farmacia, vecinos sonrientes en la mañana entre el humo de su café y el frío de la mañana en los días de diciembre. 

Ahora tengo treinta y dos años y no hay nada de lo que describo. Villa Capri es un nido de concesionarios de automóviles y estructuras abandonadas. De la farmacia queda la huella de su nombre sobre el cemento y la puerta de garaje con un grafiti. La agencia hípica es una memoria, las panaderías perdieron la batalla contra el burguer king y de los hombres solo queda la poesía. Los vecindarios cerraron algunas calles y esas fronteras aíslan aún más la memoria. No me sobra el tiempo y no tengo la distancia a mi favor. Por eso recorro esas calles con estas palabras. Regreso a esas cosas que ya no están, que solo permanecerán sobre este espacio en blanco. El tiempo también es presa de la ceniza y el polvo. 

Jamás podré volver a oler el pan ni sostener el bate de metal bajo el árbol de mangó. A las cuatro de la mañana apenas me sobra tiempo para levantarme, recordar, escribir, leer, ejercitarme, preparar el desayuno y el almuerzo para la semana, fumar un pollito y recordarte con cariño. Mamá hubiera hecho todo esto y más con menos tiempo. Soy solo un hombre que escribe y se niega a olvidar a pesar de la distancia. Hoy estoy cerca del mar, rodeado por perros y gatos, insectos, anfibios, gallos y gallinas, aves marinas, pescados, matrimonios felices, familias enfermas, amantes secretos y muchos deseos ocultos bajo la promesa de otro atardecer. Al final seré un hombre más entre fotos.




Previous
Previous

La rabia también se agota 

Next
Next

Centro de Investigación y Restauración de Organismos Marinos en Ceiba y La Parguera (CIROM)